domingo, 1 de agosto de 2010

Creo, amigos míos, haber dejado clara como el cristal, la historia pasada y presente de la izquierda española, nunca democrática.
Pero ¿Y la derecha? ... La derecha ¿Que derecha? En España no existe la derecha, vamos si hacemos excepción de la CEDA de los años 30.
Muerto Franco, uno de sus políticos, posiblemente el hombre más inteligente, soberbio y peligroso (quizá compartido con Rubalcaba, en lo peligroso solamente) que ha ejercido la que nunca debió ser una profesión, la política, desde los años 60 hasta nuestros días, Manuel Fraga Iribarne, creó un engendro que llamó Alianza Popular, que, posteriormente devendría en el Partido Popular, que ni representa a la derecha española, ni al centro, ni a nada que se le parezca. Se trata de un batiburrillo de vividores, de un nihilismo escénico, de un espectro sin ideología (ni ideas), pactado con el PSOE de González, para mantener activa la balanza de lo que, han convencido a los lerdos, debe aparentar ser un sistema democrático. Y mientras tanto las señoras del velo y Misa diaria y los blasonados hidalgos, afirman que hay que votar a estos porque representan lo menos malo... ¡Es lo único que nos queda! Dicen. ¡Ay Dios mio!

Bueno pues a partir de hoy voy a contar a mis lectores un cuento, que yo consideraría de ciencia ficción:

Pues erase una vez, hace mucho, mucho tiempo, existió un reino conocido como Engaña, en el que su ministerio de importación adquiría de países extranjeros un tipo de aceite, que era utilizado para la laminación del acero; era el aceite obtenido del prensado de semillas de un cereal al que denominaban los expertos la Brassica Napus (tiene un nombre más sencillo pero deben buscarlo en el diccionario), en cantidades suficientes para la industria, pues no se consideraba aceptable para el consumo humano, a pesar de ser, por ejemplo, un aditivo graso en la fabricación de galletas y otros productos más.
Pero en ese reino había gente poco recomendable, adjunta a la administración pública, que comenzó a hacer un magnífico, pero corrupto negocio facilitando la importación de ese aceite y distribuyéndolo para el consumo humano, a precios más asequibles que los habituales de oliva y girasol, entre las gentes más humildes y de menores recursos económicos.
En principio, y como la Brassica no era tóxica en sí, fue creciendo la demanda de importación de aquel aceite, no obstante poco saludable, hasta que algún responsable de aduanas comenzó a percatarse que el creciente aumento de aquel aceite importado superaba con mucho el necesario para su utilización en la industria del acero. Investigó y comunicó lo que ocurría.
Entonces, los químicos de la administración, en lugar de romper aquella cadena de estafa al ciudadano, decidieron fastidiar a los corruptos añadiendo un producto químico, llamado Anilida, al aceite, que lo desnaturalizaba y teñía de un color amarillo chillón, incapacitándolo para ser usado en el consumo humano.
Pero los corruptos también tenían químicos malos, que descubrieron que calentando el aceite desnaturalizado a una determinada temperatura, la Anilida precipitaba al fondo y podía ser utilizado, de nuevo el aceite con fines perversos, si se eliminaba el precipitado; y el negocio siguió dando buenos dividendos, en los mercadillos de la comarca de la capital del reino. Y aunque era conocido por las autoridades, bueno pues se dejaba correr el asunto, en que ya se habían pringado suficientes capitales como para que no trascendiera.
Pero en aquella comarca de la capital de Engaña, junto a un pueblecito, famoso por la delicia de un dulce que fabricaban sus moradores, en fechas de la Semana Santa, conocido como torrijas, razón por lo que la localidad era llamada el Torrijón, existía una base de aeronaves de guerra del Imperio Oscuro, que guardaba un terrible secreto, conocido solo por los altos dignatarios del reino, pero en modo alguno por los ciudadanos, los mismos que desconocían también el tejemaneje del aceite.
Mañana seguiremos con este cuento


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